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KitKat el amuleto japonés

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KitKat: de club literario inglés a amuleto japonés


Todo empezó en Londres (siglo XVIII). Un grupo de intelectuales, artistas y políticos se reunía en una pastelería propiedad de Christopher Catling. A ese lugar lo llamaron el KitKat Club. ¿Qué hacían ahí? Debatían ideas, moldeaban opiniones públicas y… comían tartas. En ese ambiente de sofisticación nació el nombre que, siglos después, adoptaría una barra de chocolate con aspiraciones elegantes.


En 1930, se lanza en Inglaterra el KitKat: un snack que podías comer sin ensuciarte las manos, ideal para una pausa rápida y refinada. No era solo chocolate, era la pausa perfecta con un nombre que sonaba distinguido.
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KitKat a Kitto Katsu


En 1973, KitKat llega a tierras niponas, sin saber que el idioma le tenía una sorpresa: “Kitto Katsu” (きっと勝つ), que suena igual, significa “con certeza, ganarás”. Así, sin buscarlo, se convirtió en el amuleto de la suerte de millones de estudiantes. Antes de un examen, no faltaba quien te regalara uno.


Nestlé lo entendió, para 2004 lanza el primer KitKat de sabor matcha (té verde). Fue un éxito explosivo… y el inicio de un nuevo reto: ¿cómo surtir tantos sabores en tantas tiendas sin que el sistema colapsara?

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El chocolate souvenir


En lugar de obsesionarse con la logística, miraron la cultura. En Japón existe la tradición del Omiyage: cuando viajas, debes traer un regalo comestible típico de la región a tus colegas. KitKat aprovechó eso y lanzó ediciones regionales limitadas: sabores únicos que sólo puedes comprar en ciertas zonas del país.


Así nació el KitKat de tarta de manzana en Aomori, de frijol rojo en Hokkaido, de camote en Kyushu…


Hoy hay más de 300 versiones, y Kitkat es el souvenir más popular del país.

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De tradiciones e innovación


Hoy, KitKat no solo es el chocolate más vendido de Japón. Es mucho más que un dulce: es un símbolo de buenos deseos, un regalo con significado y un ritual cultural profundamente arraigado. Desde los pasillos de los aeropuertos hasta las estaciones de tren, pasando por oficinas y salones de estudio, los KitKat no solo se consumen, se comparten como gestos de afecto, suerte y cortesía.


Todo esto sucedió por una combinación improbable pero poderosa: una casualidad lingüística (“Kitto Katsu”), una tradición milenaria (el Omiyage), y una empresa que supo escuchar más allá del mercado y observar con respeto la vida cotidiana de las personas.

No necesitaban lanzar una nueva tecnología, ni hacer una campaña global millonaria. Lo que hicieron fue mucho más sutil y, a la vez, más potente: miraron con atención, leyeron entre líneas culturales y entendieron que la innovación también puede venir de lo local, de lo emocional y de lo simbólico.




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